No confíes siempre en tus instintos

jovios 5 noviembre, 2013 0
No confíes siempre en tus instintos

¿Y si el instinto nos engañase, en qué confiaríamos nuestro comportamiento? Lo cierto es que, hoy en día, no siempre el instinto acierta. Por ejemplo, no todo lo que da asco es realmente malo.

Posiblemente, no estarás de acuerdo con el titular de arriba. En cierto modo es normal que sientas el instinto de evitar la leche rancia en tu nevera o la persona que estornuda a tu lado en la cola del autobús. De hecho, evolutivamente, la repugnancia apareció para ayudarnos a evitar situaciones potencialmente peligrosas; pero, posteriormente, esta poderosa señal de alerta fue secuestrada y empleada en contextos sociales para sustentar normas y delimitar grupos. Con todo, esta emoción no identifica de forma consistente lo que es moralmente incorrecto, según expuso el pasado 4 de Octubre el Dr. Daniel Kelly –filósofo de la Universidad de Purdue (EEUU) que investiga asuntos relacionados con el juicio moral, las normas sociales, la cognición racial y la diversidad cultural-  en un seminario del foro Ciencia & Sociedad del Laboratorio Europeo de Biología Molecular. Según Kelly, lo repugnante no predice bien el peligro, y, no menos importante, lo que es considerado repugnante varía enormemente entre personas y culturas distintas. Aquí, Kelly reflexiona sobre su investigación:

 ¿Qué es la repugnancia?

Es una emoción humana, constituida por dos componentes que evolucionaron para ayudarnos a evitar venenos y agentes infecciosos. Se experimenta en respuesta a estímulos que se perciben como sucios, y se caracteriza por los flases de nausea y la típica cara de asco. Esta emoción fue reclutada en el dominio social donde juega un papel poderoso y a veces subliminal influyendo nuestros juicios morales. La variación cultural e individual en lo que es visto como repugnante es muy significativa: imagínese la forma en que un vegetariano y una persona que come carne abordarían una sangrienta chuleta  en su plato. Además, la repugnancia induce a veces falsas alarmas: una galleta de chocolate con forma de excremento es en absoluto peligrosa.

 ¿De qué forma puede ser nuestra interpretación de la repugnancia peligrosa?

Frecuentemente, cuando sentimos un asco extremo hacia otra persona, tendemos a deshumanizarla y así resulta fácil tratarla mal o privarle de sus derechos. Por un lado esto puede parecer justificado para gente que ha cometido acciones moralmente deplorables hoy, como violadores o pederastas. Pero por otro lado, hay muchos ejemplos contemporáneos e históricos totalmente diferentes: gente repugnada por la sola idea de que miembros de distinta raza beban de la misma fuente, o porque mujeres ostenten puestos de responsabilidad o conduzcan un coche. Creo que esos ejemplos muestran por qué no deberíamos otorgar ninguna autoridad moral a la repugnancia.

 ¿En qué forma nos beneficiaríamos si entendiéramos mejor la biología de la repugnancia?

La biología y la evolución iluminan por qué esta emoción es tan potente: desde el punto de vista subjetivo, es precisamente su intensidad lo que nos hace creer que debe ser cierta. Comprendiendo las raíces evolutivas y sus mecanismos fisiológicos y psicológicos, resulta más fácil retirar nuestras creencias de nuestras reacciones viscerales. Nuestros cerebros están ensamblados para responder agudamente a estímulos peligrosos, y tiene sentido evolutivo que la propia respuesta nos induzca a pensar que hay algo genuinamente malo sobre lo que nos repugna. Pero también es bien conocido el hecho de que el cerebro produce artefactos tales como las ilusiones sensoriales y cognitivas. Por tanto, deberíamos interpretar cuidadosamente nuestras intuiciones subjetivas, especialmente aquéllas que se basan en la repugnancia.

Esta entrada es una traducción del artículo “Don´t always trust your instincts” que escribí para la revista EMBL&cetera (publicado en el número 77  -Octubre de 2013- página 12, ver aquí).

Nota: Daniel Kelly explica en detalle su tesis del papel moral de la repugnancia en su libro “Yuck! The nature and moral significance of disgust” (2011).