¿Por qué no pensamos ni sentimos con el corazón? La primera evidencia, por Galeno (s. 2 DC)

jovios 2 Agosto, 2014 2
¿Por qué no pensamos ni sentimos con el corazón? La primera evidencia, por Galeno (s. 2 DC)

¿Alguna vez has tenido “el corazón en un puño“, o has sentido una “corazonada”? ¿Nunca has oído en boca del consejero emocional de turno esa frase que sintetiza milenios de  sabiduría popular y que reza “escucha y obedece a tu corazón“? Estas expresiones seguramente contribuyen o, más bien, reflejan una creencia bastante general y sin embargo falsa sobre nuestra psicobiología: que el corazón es el órgano donde residen algunas de nuestras facultades mentales más elevadas, especialmente el sentimiento. Para ser justos, esta opinión es de algún modo razonable porque resulta intuitiva. ¿Quien no ha sentido la presión en el cuello ante una desgracia cercana, o el cosquilleo interior al enamorarse? Amor, tristeza, alegría y muchas otras emociones y sentimientos se perciben internamente como experiencias intensas que parecen tener lugar dentro del cuerpo en algún lugar entre las entrañas y la garganta. Por esto, puede parecer intuitivo tener la impresión de que esas emociones, y en general el pensamiento o el conjunto de las funciones mentales, dependan de ese órgano vital llamado corazón.

 Pero no es así como sucede. Hoy en día, los científicos tienen bastante claro que el pensamiento, el sentimiento y todas las funciones mentales no residen en el corazón sino en el cerebro. Curiosamente, en el pasado ésto no era en absoluto evidente. Se trata de hecho de un debate muy antiguo y que dio luz accidentalmente a uno de los experimentos más famosos de la historia de la neurociencia (donde se encontró por primera vez evidencia de que la conducta depende del cerebro). La historia se remonta, nada más y nada menos, a los pensadores de la Grecia clásica. En el siglo 4 AC, los filósofos hipocráticos y el mismísimo Platón proponían un papel hegemónico al cerebro en la sensación, movimiento y el pensamiento (una idea que ya habían planteado dos siglos antes los médicos y filósofos pre-socráticos). A pesar de su acierto, esta idea  quedó en el olvido durante mucho tiempo debido a las ideas contrarias de un pensador muy influyente en la época. Contemporáneo del siglo 4AC, Aristóteles defendía que el corazón era el órgano donde residía la mente. Esta postura dominó el debate durante siglos, hasta tal punto, que cuando Galeno mostro 400 años después la primera evidencia en su contra, muchos de los allí presentes no pudieron aceptar lo que sus propios ojos estaban viendo.

 El experimento del cerdo chillón

 Galeno fue un famoso médico en la época del imperio Romano. Hizo los primeros estudios sistemáticos de anatomía donde describió por primera vez la estructura general de muchísimos órganos y sistemas corporales. Galeno conocía la organización general del sistema nervioso central, formado por el cerebro y la médula espinal, del que emanan los numerosos nervios del sistema nervioso periférico que se extienden hacia casi todas las partes del cuerpo. También conocía el ordenamiento de lo que hoy conocemos como sistema vascular con el corazón en un lugar central del que salían arterias y al que llegaban venas. Con todo, desconocía muchísimas cosas. No sabía por ejemplo que el corazón bombeaba sangre y ni por asomo podía imaginar de qué forma el corazón o el cerebro podía dar lugar a nuestra capacidad de reflexionar y pensar sobre nosotros mismos. En aquella época, esta discusión entre cerebro y corazón era un tema abierto. Un día y por accidente, en el transcurso de uno de sus numerosos estudios anatómicos, Galeno encontró algo que le llevó a decidirse.

Casi siempre en cerdos, Galeno hizo muchos experimentos para identificar cuáles eran los nervios que controlan la respiración. En uno de estos experimentos, por accidente seccionó los nervios laríngeos recurrentes (unas fibras nerviosas que transcurren por la garganta, y que transportan información sensorial sobre la temperatura de lo que tenemos en la boca y también comandos motores para mover las cuerdas vocales). El resultado no pasó desapercibido a  Galeno: el cerdo siguió forcejeando como de costumbre, pero dejó de gritar. Se quedó mudo (el cerdo, aunque me imagino Galeno también). Sorprendido (Galeno, tal vez también el cerdo) por esta observación, Galeno continúo sus estudios sobre este nervio laríngeo. Primero analizó en detalle la trayectoria que siguen estos nervios hasta el cerebro (descubrió su origen en el nervio vago que se extiende hacia abajo más allá de la laringe y entonces rodea la arteria aorta -en la izquierda- o subclaviana -en la derecha- para después volver a la laringe). A continuación, reprodujo su experimento anterior en muchos animales distintos (vacas, leones, cabras y otros) y en todos observó que un corte de este nervio laríngeo consistentemente dejaba mudos a los animales, confirmando así su observación anterior.

Entusiasmado por este descubrimiento, el patrón de Galeno en Roma, Boethus, organizó una demostración pública de este experimento para una prestigiosa audiencia compuesta de políticos e intelectuales. Galeno comenzó su discurso explicando la morfología del nervio laríngeo y las consecuencias de su interrupción. En sus propias palabras:

hay un par de nervios con forma de pelo en ambos lados de la laringe, que si son ligados o cortados dejan al animal sin voz sin afectar su vida o actividad funcional.

Ya en ese punto algunos miembros del público exclamaron de asombro e indignación. Antes siquiera de que Galeno pudiera comenzar la cirugía, un conocido filosofo aristotélico llamado Damascenus le interrumpió:

aunque nos muestres que la sección de estos nervios en animales los deja sin voz, no necesariamente lo mismo tiene por que suceder en lo seres humanos. Y en cualquier caso, no me lo creería”.

De algún modo, esta opinión reflejaba un escepticismo general sobre el valor que la información sensorial en contraposición a la lógica y la geometría tenían a la hora de establecer pruebas, así como la visión Aristotélica de que el pensamiento y por tanto el lenguaje debían estar  controlados por el corazón y no por el cerebro.

cerebro pensante: Galeno observó que la interrupción del nervio laríngeo recurrente bloquea la vocalización

cerebro pensante: Galeno observó que la interrupción del nervio laríngeo recurrente bloquea la vocalización

El cerebro pensante en la actualidad

 Con el tiempo y el paso de los años, el experimento del cerdo chillón de Galeno ha llegado a ser uno de las demostraciones fisiológicas más famosas de todos los tiempos. Algunos historiadores de la neurociencia consideran este experimento como la primera evidencia empírica a favor del cerebro pensante, es decir que el cerebro (y no el corazón) es el principal órgano donde se produce el control del comportamiento. También sabemos hoy que cambios en la actividad cardíaca tienen influencia en el comportamiento, pero esto ocurre indirectamente debido a que afectan el funcionamiento del cerebro.

 Evidentemente, el experimento de Galeno queda todavía lejos de demostrar que el pensamiento se produce en el cerebro. Hoy entendemos que aquello representa la primera evidencia experimental de esta idea del cerebro pensante porque sabemos que los nervios motores (como el nervio laríngeo que Galeno interrumpió) transportan los comandos del cerebro hasta los músculos de la periferia para realizar las acciones que en el cerebro se computaron. Pero nada de esto se conocía en aquella época, seguramente de ahí la resistencia a aceptarlo. Lo que hoy si tenemos es una gran colección de evidencias, a partir de personas con lesiones en distintos lugares del cerebro que manifiestan incapacidades en aspectos concretos de la mente, el pensamiento o la emoción. Por ejemplo, los pacientes de Alzheimer, o el más extremo caso de las personas en estado de coma que no pueden hablar ni seguramente reconocer ningún estimulo pero que mantienen sus constantes vitales y el corazón intactos. Y con todo, para ser precisos, todavía estamos lejos de entender con detalle de qué manera la actividad en el cerebro da lugar al proceso de pensar.

Referencia

Gross, C. G., 1998. Galen and the squealing pig. Neuroscientist, 4: 216–221.