El olor de mis pasos

jovios 7 julio, 2015 0
El olor de mis pasos

Esperanza. Me repetía una y otra vez. ¿Dónde estará la esperanza? Me abandonó mucho antes de que llegara la carta. Se deslizó, por debajo de la puerta, rasgando el silencio del apartamento como el papel que frota la madera del suelo. Estaba tumbado en el sofá, leyendo absolutamente sumergido en una novela de terror, pero un presentimiento me hizo alargar los brazos, alcanzar la silla de ruedas, y realizar la sufrida maniobra.

Di dos impulsos a los aros propulsores de las ruedas y dejé que la inercia me llevara hasta la puerta. Ante mis ojos, el sobre se hacía cada vez más grande. Era del hospital.

Los doctores me decían que estaban desarrollando una terapia experimental. Justo ahora empezaban a probar su eficacia y yo podría ser uno de los primeros en probarla, por supuesto, solo en caso de que así lo deseara.

Era mediodía y ya empezaba a colarse, a través del umbral de la puerta, un olor delicioso. Alguien en el vecindario preparaba un guiso de carne que inundaba el patio interior con el olor de la esperanza.

 

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***

 

Todo lo que era mi vida había cambiado de repente a mediados del año 2010. Volviendo a casa tras una noche de cervezas, en una calle oscura me asaltaron. Sucedió muy rápido: de repente algo afilado me apretaba el cuello. Intenté defenderme, un forcejeo, y entonces un rugido emergió desde mi estómago ante un dolor cortante pero instantáneo que se fue tan rápido como apareció. Quedé tendido en el suelo sin poder moverme. Me habían asestado varios navajazos, algunos en la espalda.

No sentía la parte inferior del cuerpo. Apenas podía mover el tronco. Mis manos frotaron unas piernas heladas que parecían de otra persona, solo que eran mías. No respondían.

Alarmados por los gritos, algunos vecinos se acercaron. La ambulancia no tardó en llegar y me llevaron al hospital más próximo.

Me hicieron unas pruebas, y con los resultados en la mano, los doctores fueron francos: había muy pocas esperanzas de que pudiera volver a caminar. Un navajazo había seccionado la médula espinal a la altura de la vértebra torácica 9, a mitad de la espalda.

Los 13 siguientes meses de fisioterapia fueron en balde. Aparecieron inflamaciones en las venas de los pies y úlceras de presión que incluso me obligaron a interrumpir las sesiones.

El mundo se derrumbó en mi interior. No sentía los pies, ni podía doblarme a recoger los pedazos en los que quedó mi vida. Siempre había sido una persona activa, me encantaba hacer deporte. Ahora ya no podría hacerlo nunca más

Hasta que llegó esa carta, la carta de la esperanza.

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***

 

La notificación de los doctores era muy clara: no había ninguna garantía de éxito e incluso podía haber efectos adversos. ¿Qué intentarían hacer conmigo? ¿Cuáles eran los riesgos? Bastante asustado, no obstante, decidí acudir a la cita informativa. No lograba acostumbrarme a vivir de esta forma.

La semana siguiente en el hospital me explicaron el procedimiento con detalle. Hoy por hoy no existía tratamiento que permitiera caminar a personas con paraplejía. Algunos investigadores habían encontrado algo prometedor, pero habría que investigar si la nueva terapia funcionaba. Y yo podría ser uno de los sujetos de un estudio del que quizá saliera andando.

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Los médicos intentarían reparar mi médula espinal. Es decir, el conducto por el que el cerebro manda señales para mover los músculos del cuerpo, y por el que la información sensorial del mundo exterior y del propio cuerpo sube hasta el cerebro. El navajazo había interrumpido mi médula y por eso no podía sentir ni mover nada desde la mitad de la espalda para abajo.

La idea parecía sencilla: restablecer el flujo de información entre las dos partes de la médula lesionada. Para conseguirlo, estimularían el crecimiento de las neuronas que había allí para que extendieran sus cables (los axones) de un lado a otro de la lesión.

Tras décadas de investigación, los científicos habían encontrado algo con esa capacidad regenerativa. Eran unas determinadas células del cerebro, en el sistema olfativo. Curiosamente, no eran neuronas, sino unas células de soporte, llamadas glía y fibroblastos, que dentro de la nariz envuelven los nervios que viajan hacia el interior del cerebro hasta el bulbo olfativo. Y esas células, colocadas sobre la médula espinal, lograban estimular el crecimiento de las neuronas vecinas.

No daba crédito. ¿Cómo iba a funcionar algo tan complicado?

“¿De verdad van a sacar células de mi cerebro?”, pregunté al doctor.

“Si, del bulbo olfativo, una región que está justo detrás de la nariz. Extraeríamos solo un pequeño trozo”, respondió.

Se me revolvieron las tripas. “¿Qué consecuencias puede tener eso? ¿Me quedaré sin olfato”?

“Es una posibilidad”, respondió el doctor, mirándome fijamente. “No sabemos si la extracción puede dañar el bulbo olfativo para siempre. Hay dos, pero quizá uno solo no sea suficiente para mantener la capacidad olfativa”.

Miré al suelo, tenía las manos sudadas. Tragué saliva.

Tenía miedo, pero necesitaba saber más antes de tomar una decisión. Después de extraer el tejido, los médicos cultivarían en el laboratorio esas células para multiplicarlas, y a los pocos días las introducirían en mi médula espinal. Entonces, si todo salía bien, esas células liberarían sustancias que harían crecer a las neuronas alrededor de la lesión, extendiendo sus cables hasta finalmente hacer un puente.

“Como una circunvalación, o un desvío en la autovía cuando hay un tramo en obras, para que el tráfico rodee la obstrucción”, explicó el doctor.

En ratas y perros paralíticos, los científicos habían hecho el mismo estudio y los resultados habían sido espectaculares: los animales volvían a moverse y algunos se recuperaban totalmente. Las personas también teníamos las mismas células en el bulbo olfativo, y nuestra médula espinal era muy parecida, así que los médicos tenían la esperanza de que funcionara también en personas.

Pero era un experimento y nadie sabía con certeza lo que sucedería. Me harían numerosas pruebas, dos complicadas cirugías, y muchas cosas podrían salir mal. La zona de la operación podría infectarse o inflamarse y desarrollar dolor crónico. O quizá las células injertadas crecieran sin control y produjeran un tumor. O simplemente, al final las neuronas no lograran regenerar correctamente sus cables y todo el largo proceso fuera simplemente inútil.

“Piénselo con calma”, me dijo el doctor. “Váyase a casa y tómese unos días para reflexionar. Si decide seguir adelante, firme este documento y envíemelo”.

Sobre la mesa, el médico deslizó un sobre marrón que contenía el consentimiento informado, un papel donde yo reconocía saber los riesgos potenciales y aceptaba seguir la operación. Lo guardé, temblando, y me marché.

Durante días tuve pesadillas recurrentes. En una de ellas, estaba en el hospital. Después de las operaciones, las células del olfato que habían injertado en la médula espinal crecían sin control. Extendían unas ramas gruesas que me salían de la espalda y se retorcían en mi garganta. Antes de estrangularme, me despertaba gritando. Tenía el cuerpo sudado. Respiraba hondo y volvía a dormirme.

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A la semana siguiente, firmé el consentimiento informado y lo envié al hospital.

 

***

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La primera fase del experimento comenzó dos semanas después. Durante 8 meses, recibí una sesión diaria de fisioterapia y me hicieron pruebas motrices para asegurarse de que no habría una recuperación espontánea. Por segunda vez, aquellas sesiones fueron totalmente inútiles.

Los músculos de mi espalda seguían muy débiles. A pesar de la parálisis, tenía espasmos en las piernas y también, sorprendentemente, los reflejos potenciados (excepto el del tendón de Aquiles, completamente inexistente). Al tacto de las manos, las piernas estaban frías como el hielo. Y por supuesto, nunca sintieron ellas mis manos que las tocaban, palpándolas, rogándoles una respuesta, un mínimo gesto de existencia. ¿Estais ahí, piernas mías? ¿Sois vosotras? Tampoco me dolía una úlcera que asomaba en la cadera, a pesar de su mal aspecto. Jamás en todo ese tiempo pude mover la parte inferior del cuerpo, ni mucho menos levantarme o caminar.

Ocho meses después, llegó el día esperado. Me ingresaron y pasé a quirófano por primera vez. Los doctores estuvieron doce horas realizando una cirugía de precisión. Los bulbos olfativos no eran fáciles de acceder, detrás de la nariz, así que tenían que abrir el cráneo. Accedieron por el lado izquierdo, al final de la ceja. Levantaron la piel, retiraron el músculo de la masticación, e hicieron un agujero en el cráneo de 3.5 cm. Por allí pasaron las herramientas de microcirugía con las que extraerían el tejido y una pequeña cámara para asistir en la operación. Alcanzado el bulbo olfativo, cortaron dos pequeños trocitos que colocaron rápidamente en un tubo sobre hielo.

Ajeno a la cirugía, en aquellos dos días bajo anestesia mis temores se manifestaron una y otra vez. En una pesadilla, estaba en casa de noche. Dormía hasta que el despertador me arrancaba de la cama y, como de costumbre, iba al lavabo, encendía la luz y me miraba en el espejo. Bajo un pelo desaliñado, aparecía un rostro que reconocía como propio pero que no era normal. Me faltaba algo importante: la nariz; en su lugar, había carne y piel plana. Palpaba la zona, sorprendido, e intentaba olerme los dedos, pero no olían. Aterrado, me iba a la cocina, abría el bote de café y respiraba profundamente pero no percibía ni rastro del aroma.

 

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***

 

Pasaron doce días en el hospital hasta la segunda operación, tiempo suficiente para que las células de los trocitos que habían recogido de mi bulbo olfativo crecieran y se multiplicaran. En una placa circular de plástico de laboratorio, las células se dividieron hasta formar una fina pero tupida lámina. Dos horas antes de la operación, las recogieron de la placa y las pusieron en un líquido dentro de un tubo. Las aplicarían luego con una jeringa sobre la herida en la médula espinal.

Me readmitieron en el departamento de neurocirugía y nuevamente pasé en quirófano varias horas. Esta vez me colocaron bocabajo. El afilado bisturí se abrió paso suavemente a mitad de mi espalda. Tras retirar un poco de músculo, aparecieron las vértebras torácicas; justo arriba de la 9 estaba la sección en la médula espinal. Los médicos pudieron entonces ver la lesión por primera vez con sus ojos: el corte tenía 8 mm y a ambos lados la médula terminaba en dos muñones cubiertos por una cicatriz amarillenta. Sin embargo, el corte no era total y había una pequeña lámina al borde de la médula que conectaba los dos muñones.

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Cargaron una jeringa de cristal absorbiendo el líquido del tubo que contenía las células cultivadas del bulbo olfativo. Montaron entonces la jeringa sobre unos pequeños brazos robóticos que permitían dirigir la jeringa con precisión milimétrica. Introdujeron la aguja por el lateral de la médula espinal, sobre ambos muñones. Inyectaron un poco de líquido en diversos puntos, formando una malla con dos líneas horizontales separadas 2 mm del centro de la lesión y a 5 profundidades separadas 0.5 mm. También inyectaron un poco del líquido sobre la fina lámina de médula que el navajazo no había logrado seccionar.

Luego hicieron un puente entre los dos muñones. Para ello, de mi pierna izquierda cogieron el nervio Sural, un nervio que solo trasmite información sensorial del quinto dedo del pie y de la rodilla, por lo que puede quitarse sin causar problemas graves. Con este tejido, prepararon 4 delgados ramilletes de 12 mm de longitud, y los colocaron entre ambos muñones de mi médula espinal. Esos injertos nerviosos servirían como tubos de guía con el entorno extracelular apropiado para guiar los axones en ambos muñones a cruzar el precipicio que los separaba. También, los ramilletes proporcionarían células de Schwann, que envuelven las fibras nerviosas con mielina, un aislante que favorece la conducción del impulso nervioso, y liberan sustancias neuroprotectoras.

 

***

 

Al despertar de la anestesia, tenía un dolor insoportable en la espalda y los médicos tuvieron que administrarme  morfina. Estuve dos días en cuidados intensivos, rodeado de máquinas que pitaban y tubos en la cara. Sentí o imaginé -realidad y ficción se mezclaban tanto en esta historia y especialmente aquellos días- las gruesas ramas de árbol que salían de mi espalda, como en la pesadilla, y al llegar al cuello se convertían en esos tubos de plástico que rodeaban mi rostro.

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Poco a poco el dolor se fue. También las ramas en la espalda. Y seguí explorando el resto de mi catálogo de miedos. Los tubos me impedían tocarme el rostro y comprobar si mi nariz estaba. Cuando los quitaron a los pocos días, pedí insistentemente un espejo donde recorrí cada milímetro de mi cara. Barbilampiño, pelo desaliñado, descubrí aliviado mi nariz, allí donde siempre. Apenas había dos pequeñas cicatrices detrás de la ceja.

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A las tres semanas de la operación, recuperé el olfato casi completamente. Hasta los médicos se asombraron. En mi espalda, debajo de la piel, los ramilletes nerviosos que los doctores colocaron para puentear la médula se iban integrando en el tejido, rodeándose de vasos sanguíneos y manteniendo su tamaño. Eso descartaba un rechazo, inflamación o tumor. Al mismo tiempo, las cicatrices curaban y comencé unos largos 19 meses repletos de pruebas y rehabilitación.

Me esforzaba al máximo en las sesiones de fisioterapia, cinco horas cada día.

Pasaron cuatro largos meses sin mejorar ni cambio alguno. Mi estado de ánimo empezaba a resentirse: llevaba mucho tiempo en el hospital, padeciendo molestias y operaciones interminables, para nada. Todo había sido una pérdida de tiempo cuyo único fruto era una esperanza rota. No imaginaba entonces lo que muy pronto sucedería.

 ***

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¡Oh, Dios, algo va mal!”, pensé. Algo sucedía ahí abajo, en la pierna izquierda. Unas chispas me pinzaban la pantorrilla. Asustado, llamé gritando a Igor, el fisioterapeuta que me asistía, un tipo gordete y afable.

Igor sonrió, lo sabía. Era un cosquilleo. Al quinto mes tras la operación, recuperaba la sensación. Sobre todo cuando la sábana me tocaba la úlcera en la cadera y daba un respingo de dolor. Después de tanto tiempo, poder sentir cualquier tacto, no ya un dolor, era insoportablemente intenso.

Las piernas engordaron y algo inolvidable ocurrió poco después del cosquilleo. Repentina y espectacularmente, pude abrir la pierna izquierda a voluntad. Apenas unos pocos centímetros, pero las lágrimas brotaron de mis ojos como lluvia. Estaban obedeciendo aquellas cosas que meses antes eran bloques de hormigón.

Poco a poco, pude aumentar la carga en los músculos de la espalda, glúteos y piernas, y empecé las clases para reaprender a caminar. Ya notaba cómo los músculos se tensaban en los entrenamientos. Con los ojos cerrados, distinguía en qué dirección me movía Igor los pies en los ejercicios. Fue delicioso volver a notar el giro de mis tobillos y rodillas, aunque todavía no pudiera moverlos.

Seis meses después de la operación, pude levantarme por primera vez. !Levantarme! A duras penas, en el pasillo con barras paralelas, caminé diez minutos sujetándome en los apoyos y en los hombros de Igor, con las piernas todavía rígidas y apuntaladas por unas gruesas abrazaderas. Fueron unos pequeños pasos para mí, pero unos grandes pasos para la humanidad.

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***

 

Han pasado dos años desde la operación y ya no necesito a nadie para andar. He recuperado las costumbres más importantes de mi vida, que llenan mi día a día. También he conocido a alguien, se llama Irina, y con ella las cosas van bien en todos los sentidos.

Voy al mercado a hacer la compra, con ayuda de un andador y tobilleras. Pienso en ella dEl olor de mis pasos 10e vuelta a casa, mientras subo por el ascensor.

No dejo de sorprenderme cuando reflexiono sobre lo que me ha pasado en estos últimos años. Para mí, es increíble que hayan podido ponerme unas células del olfato para caminar. Me gusta pensar que ahora mis pasos tienen un olor.

Al salir del ascensor, el guiso que alguien prepara en el vecindario inunda el edificio. Recuerdo un instante el pasado, cuando la carta de la esperanza se coló por el umbral. Extiendo mi nariz, permitiendo a ese delicioso olor inundar mis bulbos olfativos. Allí donde faltan dos pequeños trozos que me devolvieron los pasos.

 

***

Este relato es una ficción basada en un paralítico que volvió a caminar gracias a la ciencia. El tratamiento experimental fue publicado el año pasado en el artículo de investigación: “Functional regeneration of supraspinal connections in a patient with transected spinal cord following transplantation of bulbar olfactory ensheathing cells with peripheral nerve bridging”, Cell Transplant. 2014; 23(12):16

Crédito imágenes: Antonio Ojeda Monge. Texto: jovios