#neurociencia en la prensa: cuando la mona la pintan de seda, ¿mona se queda?

jovios 21 diciembre, 2012 1

Un análisis reciente de los medios en Inglaterra muestra cómo el interés y hasta fascinación por la neurociencia en la prensa convencional no para de aumentar. Los autores alertan de que el tratamiento periodístico añade unas connotaciones con fuertes implicaciones sociales, utilizándose en ocasiones para apoyar argumentos ideológicos discriminatorios. Se sugiere a los científicos a la hora de comunicar su investigación una mayor sensibilidad sobre las consecuencias que tiene la información neurocientífica cuando penetra en la esfera pública.

La neurociencia está de moda. Un análisis de la prensa inglesa incluyendo casi 3000 artículos publicados en la última década muestra como el número de notas de prensa sobre investigaciones neurocientíficas ha crecido paulatinamente desde menos de 200 al año en el 2000 hasta alrededor de 350 al año en el 2010. Sin duda los estudios sobre el cerebro son fascinantes porque abordan cuestiones fundamentales para el ser humano y su comportamiento, pero ¿de qué forma está llegando a esa información al público? Este análisis publicado el pasado 26 de Abril en la prestigiosa revista Neuron indica que la información adquiere un contexto cultural imprevisto, transmitiendo estereotipos y apoyando en ocasiones determinadas agendas políticas.

Segúnel análisis, la información neurocientífica raramente llega al público intacta a través de la prensa. A medida que penetra en la esfera pública, esta información entra en una densa red de significados y visiones culturales, y es entendida a través de estos prismas. Se produce además un sesgo a favor de aquella información que tiene implicaciones sociales (infraestimando en cuanto a cobertura mediática otras muchas investigaciones en neurociencias). Esto incluso ha llegado a tener consecuencias sociales tangibles. Por ejemplo, una ley en EEUU aprobó un presupuesto para repartir CDs de música clásica a recién nacidos, como consecuencia de la gran atención que el público presto a la también extraordinaria cobertura mediática del denominado efecto Mozart (la idea de que la música clásica potencia la inteligencia de los niños, a pesar de que no tiene apoyo empírico).

 Los autores afirman que la información adquiere normalmente significados culturales que no son implícitos en la investigación sobre la que se basa (por ejemplo, la cobertura de los estudios que relacionaban moléculas como la vasopresina o la oxitocina con la monogamia, designaban estas sustancias como la “molécula de la fidelidad”), lo que puede tener importantes repercusiones sobre nociones como el determinismo, el libre albedrío, la responsabilidad o el auto-control. La información basada en el cerebro adquiere usualmente poder retórico: por muy irrelevantes que sean unos datos neurocientíficos, son capaces de embeber un argumento con autoridad y credibilidad científicas. Por ello, la asimilación de la neurociencia por parte del público puede repercutir sobre las creencias, actitudes y el comportamiento de la gente.

 El análisis muestra las preferencias de la prensa por los temas neurocientíficos. Casi la mitad de los artículos analizados (un 43%) trataban sobre optimización cerebral, es decir, amenazas o factores que pueden aumentar la función del cerebro. Oros temas menos preferidos eran las psicopatologías, las funciones básicas del cerebro, temas relacionados con la paternidad, las diferencias individuales, sexualidad y moralidad. Este análisis también muestra una serie de cuestiones emergentes implícita o explícitamente en la visión que la prensa transmite sobre el cerebro.

El cerebro como capital

Neurociencia en la prensa: dinero

Fuente: http://optiontradingcommunity.com/2010/03/the-psychology-of-option-trading-2/

Muchos artículos denotan una visión del cerebro como recurso, como el repositorio del ser y la fuente de toda habilidad y éxito. Así, muchos artículos describen estrategias para aumentar la función cerebral o identificar amenazas. En el primer grupo, el rasgo más común es la recomendación de alimentos que supuestamente mejoran la función neural, así como actividades mentales (como el software para el “brain training”) y otros métodos (píldoras inteligentes, ejercicio físico). Los artículos, sin embargo, raramente mencionan que la evidencia empírica sobre la eficacia de estas medidas es equivoca.

Aún mas, continúan los autores, los medios retratan la salud del cerebro como un recurso que requiere una promoción permanente, sin existir un punto final en el que el funcionamiento óptimo se alcanza (como si pudiera mejorarse sin límite). Por ejemplo, un artículo en el Daily Mail del 15 de septiembre de 2005 decía:

La ciencia ha mostrado que mantener la mente ágil es tan importante como mantenerse en forma en la batalla por permanecer joven. De hecho, calentándote el cerebro regularmente con crucigramas y sudokus puedes hacer que tu cerebro parezca hasta 14 años más joven.

Este tema se mezcla con la discusión sobre la paternidad, subyaciendo un juicio moral sobre lo que es o no correcto. Se recomienda a los padres tomar partido en el desarrollo neurocognitivo del niño, por ejemplo alimentándolos con aceites de pescado para potenciar su éxito académico, o limitándoles el uso del ordenador para atenuar el riesgo de dificultades de atención.

El cerebro como indicador de diferencia

 Otro aspecto típico, según el análisis, es el uso de hallazgos neurocientíficos para subrayar diferencias entre categorías de personas, en formas que estratifican a la gente de manera socialmente importante. Por ejemplo, los artículos dedican un espacio considerable a demostrar diferencias neurobiológicas entre hombres y mujeres y también para evidenciar que los drogadictos, criminales, homosexuales, obesos y personas con discapacidades mentales tienen un cerebro diferente. Curiosamente, el contenido coincide con los estereotipos existentes (vinculan obesidad con baja inteligencia, adolescencia con antipatía, y mujeres con irracionalidad). Por ejemplo, otra vez en el Daily Mail, el 16 de Enero de 2008:

Bajo presión o estrés, una mujer percibe el hablar con su hombre como una recompensa, pero el hombre lo ve como una interferencia en su proceso de resolver el problema. Ella quiere hablar y abrazarse, y él todo lo que quiere es ver el fútbol. Para una mujer, esa actitud de él le parece descuidada y poco interesada, mientras que a un hombre la actitud de la mujer le parece molesta y pedante. Estas percepciones son un reflejo de las distintas organizaciones y prioridades de sus cerebros.

Hay poco margen de ambigüedad en la descripción de las diferencias cerebrales entre grupos (e.g. “el cerebro masculino”, “el cerebro gay”, “el cerebro criminal”, etc.), lo que implica la existencia de un tipo único de cerebro en todos los miembros de la categoría que es distinto del cerebro de otras categorías. El ejemplo que cita el análisis es del periódico Times, del 18 de Diciembre de 2006:

La drogadicción es vista como una enfermedad mental, y se sabe que los gays tienen mayor riesgo de padecer ansiedad, depresión, auto-lesiones, suicidio y abuso de drogas. La mayoría de estudios sugieren que estos problemas son causados por años de discriminación y acoso. Pero hay otra tesis controvertida —que los gays llevan inherentemente vidas más arriesgadas. Jugar y apostar estimula el sistema de la dopamina en el cerebro; las drogas ilegales actúan en el mismo sistema. ¿Son los gays adictos a la dopamina?

Neurociencia en la prensa: normalidad

Fuente: http://owni.eu/2011/04/09/is-the-brain-rational/

Este énfasis en las diferencias entre grupos tiene implicaciones importantes al establecer límites entre lo normal y lo patológico. Los cerebros típicos de ciertas categorías patológicas son comparados repetidamente con los cerebros de gente “normal” o “saludable”. Sin embargo, los detalles sobre lo que constituye exactamente un cerebro normal no son proporcionados. Lo que queda claro, a juzgar por los artículos, es lo que la gente “normal” no es: no son criminales, homosexuales, no tienen sobrepeso o son enfermos mentales. Los límites entre normal y patológico son retratados de forma especialmente rígida cuando el fenómeno patológico tiene una dimensión moral, como en el caso de pedófilos. De esta forma, enfatizando las diferencias neurobiológicas se logra distanciar simbólicamente la mayoría “normal” del fenómeno moralmente contaminado.

 Por otra parte, también están presentes los temas neurocientíficos en formas que eluden la división entre normal y anormal, pero asignando al dominio patológico lo que antes eran conductas y sentimientos normales y, típicamente, denominando como adictivo un montón de comportamientos rutinarios. También en el periódico Times, el 28 de Junio de 2008:

Los estudios de imagen cerebral han descubierto por qué romper una relación puede ser tan difícil: los neurólogos dicen que es porque el deseo posterior del amor perdido puede llegar a convertirse en un placer adictivo.

El cerebro como prueba biológica

Neurociencia en la prensa: enfermedad

Fuente: http://www.abqjournallivewell.com/2012/06/08/train-your-brain/

Finalmente, también es frecuente el uso de la neurociencia para demostrar las bases materiales y neurobiológicas de creencias y fenómenos, presentándolas como una evidencia de su validez y a veces usándolas con un fin retórico. En el discurso popular, lo que es “natural” es frecuentemente igualado a lo que es justo o correcto (la denominada “Falacia naturalista”). El potencial de la neurociencia para establecer causalidades biológicas la convierten por ello en un potente recurso retórico. Así, al apuntar los correlatos neurales de un fenómeno, los periodistas pueden retratarse a sí mismos como observadores neutros que muestran simplemente un hecho y el lugar que ocupa en el orden natural. Por ejemplo, investigaciones que indicaban que la gente tiene dificultades cognitivas para ser multitarea han sido utilizadas para afirmar que la participación productiva de la mujer en el mercado laboral y la familia es neurobiológicamente imposible (Daily Telegraph, 6 Agosto 2001):

Las supermujeres han sido destapadas. Hacer malabarismos para desarrollar una carrera, la familia y una vida social activa es literalmente un derroche de tiempo, de acuerdo a los científicos. Un estudio revela hoy que intentar varias tareas a la vez es ineficaz y podría ser hasta peligroso. Los descubrimientos amenazan la noción de que las mujeres puedan ‘tenerlo todo organizado’.

 La elucidación de los correlatos neuronales de un fenómeno se presenta frecuentemente en prensa como una explicación total de su existencia. Sin embargo, el poder explicativo real de la información biológica es frecuentemente imperfecto. Típicamente, esto se muestra cuando los estudios neurocientíficos realizados en entornos controlados son extendidos para explicar fenómenos complejos, idiosincráticos e históricamente contingentes. Esta extrapolación conlleva implicaciones muy lejanas a la investigación original, por ejemplo (Times, 7 Enero 2008):

Daniel Amen, un psiquiatra y propietario de varias clínicas de escáner cerebral, ha sugerido en la prensa de EEUU que todos los candidatos a presidente del país deberían someterse a pruebas que evalúen su sustancia gris. Esto, sugiere él, podría ayudar a mantener alejados a futuros Adolf Hitler (maldecido con un ‘ensamblaje neuronal defectuoso’) o Slobodan Milosevic (que padecía una ‘función cerebral pobre’).

Lo que hay y lo que puede hacerse

 Estos ejemplos sobre los temas neurocientíficos tratados en los medios muestran claramente que las preocupaciones y valores culturales pueden ser proyectados sobre el conocimiento científico. La ciencia del cerebro se ha incorporado a un sistema de valores que representa el auto-control y la responsabilidad individual como condiciones necesarias para alcanzar la salud física y establecerse como ciudadano virtuoso y disciplinado. La concurrencia de conceptos sobre el cerebro y la identidad en la sociedad contemporánea puede hacer de la neurociencia un potente motor del esencialismo (con sus posibles peligros: la discriminación de grupos raciales, de género, orientación sexual, enfermedad mental y obesidad), cuya influencia sobre las relaciones entre grupos debería ser investigada empíricamente. Según este análisis, a todas luces la investigación ha sido aplicada fuera de contexto para crear titulares dramáticos, disfrazar argumentos ideológicos, y apoyar determinadas agendas políticas.

 Por todo ello, los científicos deberían ser más conscientes de los asuntos y contextos en los que su investigación se sumerge, para que puedan así abordar explícitamente aquéllo que su investigación implica (y aquéllo que no implica) en esas áreas. Más que un flujo unidireccional de información en el que los científicos imparten pasivamente los hechos en una nota de prensa, los autores sugieren que la implicación pública en la ciencia debería conllevar un diálogo en el que los científicos interactúen, influyan y sean influidos por la sociedad. En la esfera política, la incorporación de evidencia neurocientífica debería conformarse de forma que la contribución sea sustantiva más que puramente retórica, y que la evidencia neurocientífica no sea usada como vehículo para apoyar determinados valores, ideologías, o divisiones sociales.

Referencia:

Neuroscience in the public sphere. Cliodhna O’Connor, Geraint Rees and Helene Joffe. Neuron, 74, 220-226, 2012. doi:10.1016/j.neuron.2012.04.004